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13.05.08

Todos y cada uno de los días filipinos de la semana pasada fueron intensos y ricos por diferentes motivos. Como por alguno hay que empezar a contar, empezaré por el que nos llevó primero a apostarnos en la entrada de Chinatown de Manila, a entrar luego en el barrio y patearlo, el que nos llevó más tarde al cementerio en busca del monumento que recoge los restos descabezados de unos patriotas. Para llegar a Chinatown pasamos el puente de Binondo. Una pareja de adolescentes recuperaba bajo él, desde dentro del agua sucia, botellas, plásticos y no sé qué más porquerías, que no sé para qué pudieran valer, junto a un cartel que alababa la limpieza medioambiental.

Desde el pórtico de la iglesia de Binondo, construída en 1596 y destruída varias veces por terremotos y otras catástrofes, nos ponemos a tomar imágenes de ambiente. Mayores y niños se acercan a mirar lo que hacemos con curiosidad afectuosa. Seis niños se paran delante de la cámara a hacer monerías, hasta que les sugerimos que se retiren. La mayor del grupo -¿siete años?- pone en fila a todos, de menor a mayor, y les da de beber un trago breve de un vaso con un líquido rosado. Se reserva para ella el trago final, igual de breve que los anteriores. Nos sorprende que no nos pidan nada y comprobar semejante manifestación de equidad, equilibrio y subsidiaridad.

Paso por alto lo que el barrio chino tiene de convencional, de similar a otros barrios chinos, con la particularidad, eso sí, de que en éste profileran testimonios católicos, cruces e imágenes, como corresponden a este bastión católico del oriente extremo que Filipinas es. Antes de entrar en el cementerio, una imagen captada desde el taxi llama nuestra atención: el chofer nos explica que se trata de un velorio de cuerpo presente de un niño amortajado ante el que familiares, vecinos y amigos juegan a cartas y destinan las ganancias a pagarlo. Nos explica que los velorios duran hasta un mes en ocasiones, dependiendo de las necesidades y de las expectativas.

Una vez en el cementerio, más imágenes de impacto: gente viviendo entre tumbas y panteones, familias enteras con niños, muchos niños, todos los que Dios quiera, como quiere la irresponsable jerarquía católica. Nos acompañan al monumento que buscamos. Llegamos y comienza a llover como llueve en el trópico. Los niños lo disfrutan -son las primeras de la temporada-, se revuelcan en el agua, juegan encima de los mármoles, desnudos algunos, encantados todos. Sus madres se medio protegen bajo el techado de una tienda improvisada entre dos panteones altos, y nos mandan un par de paraguas para cubrirnos mientras grabamos. Cuando queremos corresponder con unas monedas para los niños, nos hacen saber con claridad que no, que no debemos darles nada. Salimos de allí muy impresionados, y muy mojados.

Sigue lloviendo y las calles parecen ríos. Nuestro taxista no se deja impresionar y el auto aguanta bien. El parque automovilístico de Manila es bastante mejor de lo que se ve por otros mundos de lluvias torrenciales. Y los conductores, o son excepcionales o encuentran alguna lógica en aquel caos, que a nosotros se nos escapa. No se debe deducir que en Manila no hay mendicidad, que la hay, como hay prostitución insultante y otras manifestaciones de la pobreza extrema en una sociedad que crece y se multiplica incontroladamente, pero también hay esto que nos tocó vivir ese día, menos esperable, más gratificante, más refrescante.



Comentarios:

1. Me parece increible lo de la gente viviendo entre tumbas.
Publicado por: urtzi - 18.06.08 16:34:46


2. Algunos deberiamos de aprender a apreciar lo que tenemos en casa y no quejarnos tanto.
Que tenemos todo lo que queramos y seguimos llorando de que estamos mal.
Publicado por: Tristezas - 18.06.08 16:35:16

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José Félix Azurmendi
José Félix Azurmendi Badiola, periodista. Director de EiTB Internacional. La vida me he dado oportunidad de ser bastantes cosas, casi todas confesables. Viví diez fructíferos años en Caracas, que es donde empecé en esto. Si me leen, sabrán en seguida de mí: soy trasparente.
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