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25.04.08
Hoy están premiando a Jon Kortina con el Premio Brunet a los Derechos Humanos en la Universidad Pública de Navarra por su labor al frente de la Asociación Pro Búsqueda de Niñas y Niños desaparecidos en El Salvador. Se recuerda hoy que era de Bilbao, que era jesuita, que era ingeniero también, que murió en Guatemala hace tres años.
Le conocí en San Salvador quince días después de que se firmara en México el acuerdo entre Gobierno y dirección de la Guerrilla. Nos facilitó -al fotógrafo de Deia Angel Ruiz de Azua y a mí- el acceso a un campamento de guerrilleros en la zona de Chalatenango que conocía bien, donde le conocían bien. La misma zona en la que trabajó Begoña Sopelana, en Iurreta esos días, pero muy presente para toda la gente que contactamos. Ahí fue donde Pakito Arriaran tuvo una muerte heroica. El viaje lo hicimos con Lekuona, que se había ausentado de su Radio Popular de Donostia, para seguir con el trabajo de Ellakuria y sus compañeros asesinados en la UCA de San Salvador. Nos acompañó también en el viaje a Chalate una madrileña, admiradora de Ellaku, solidaria, ejemplar. Todo esto lo dejamos -Angel con sus fotos, que estrenaron impresión a color en Deia y yo con mis textos- recogido en el periódico. No hablé entonces, porque podía tomarse entonces por influencia fugaz, de la impresión que aquellos personajes me dejaron.
Después de todos estos años, ahora que me han puesto a Jon delante de los ojos, puedo decir con seguridad que de aquel viaje y de aquellas personas conservo los recuerdos más hondos. De Lekuona recuerdo que al llegar al lugar donde Pakito murió nos propuso rezar, como era previsible, pero también que luego entonó el Eusko Gudariak, que yo lo seguí con emoción, y sorpresa. De Sobrino recuerdo que era muy riguroso, místico, y tal vez un poco frío. De Cortina, jesuita como los otros dos, recuerdo que lo hacía todo como quien no hace nada, como que era lo más normal, lo que cualquiera haría.
Lekuona ya era amigo y además llegaba yo también allí con un regalo importante para Fe y Alegría, donde trabajaba. A Sobrino no le conocía y no me hizo sentir cómodo, tal vez porque se le notaba mucho que era excepcional. Tampoco conocía a Kortina, que también era excepcional, pero me sentí cómodo desde el principio. Unos años más tarde le saludé en Iurreta, con ocasión de una entrevista que le hizo Biku: seguía siendo excepcional y haciendo cosas excepcionales, como si fuera lo más normal, lo que todos deberíamos hacer, lo que todos podríamos hacer con naturalidad.
Le conocí en San Salvador quince días después de que se firmara en México el acuerdo entre Gobierno y dirección de la Guerrilla. Nos facilitó -al fotógrafo de Deia Angel Ruiz de Azua y a mí- el acceso a un campamento de guerrilleros en la zona de Chalatenango que conocía bien, donde le conocían bien. La misma zona en la que trabajó Begoña Sopelana, en Iurreta esos días, pero muy presente para toda la gente que contactamos. Ahí fue donde Pakito Arriaran tuvo una muerte heroica. El viaje lo hicimos con Lekuona, que se había ausentado de su Radio Popular de Donostia, para seguir con el trabajo de Ellakuria y sus compañeros asesinados en la UCA de San Salvador. Nos acompañó también en el viaje a Chalate una madrileña, admiradora de Ellaku, solidaria, ejemplar. Todo esto lo dejamos -Angel con sus fotos, que estrenaron impresión a color en Deia y yo con mis textos- recogido en el periódico. No hablé entonces, porque podía tomarse entonces por influencia fugaz, de la impresión que aquellos personajes me dejaron.
Después de todos estos años, ahora que me han puesto a Jon delante de los ojos, puedo decir con seguridad que de aquel viaje y de aquellas personas conservo los recuerdos más hondos. De Lekuona recuerdo que al llegar al lugar donde Pakito murió nos propuso rezar, como era previsible, pero también que luego entonó el Eusko Gudariak, que yo lo seguí con emoción, y sorpresa. De Sobrino recuerdo que era muy riguroso, místico, y tal vez un poco frío. De Cortina, jesuita como los otros dos, recuerdo que lo hacía todo como quien no hace nada, como que era lo más normal, lo que cualquiera haría.
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José Félix Azurmendi
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