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21.08.07
Un día me preguntó mi hija pequeña por qué no teníamos nosotros casa en el pueblo (Aita, eta guk zergaitik ez daukagu etxea en el pueblo?). Oía en su derredor que sus amigas se iban a pasar unos días, o el verano, en la casa del pueblo y eso le parecía muy emocionante. En las zonas urbanas de Bizkaia y Gipuzkoa especialmente, era muy común hasta hace poco que las familias tuvieran una casa en el pueblo de donde habían salido, como emigrantes dentro de Euskadi o como emigrantes, los más, desde Castilla, Extremadura, Galicia... También era frecuente que tuvieran piso o casa en La Rioja, por aquello del buen clima para los enfermos del pulmón.

Sabido es que le emigración peninsular hacia los centros urbanos de Euskal Herria fue muy importante en los cincuenta y sesenta, y también se produjeron movimientos internos del campo a la ciudad. A los niños les encantaba ir al pueblo, porque allí tocaban raíces, naturaleza, vida, cuadrilla y libertad. Luego, cuando se iban haciendo mayores, se olvidaban de la casa del pueblo, a la espera de tener ellos mismos hijos y rescatar las virtudes de la casa del pueblo. Lo de las segundas residencias en lugares donde eran "baratas" tiene otra explicación y no me refiero a ellas.

En realidad no quería hablar yo de estas casas de pueblo, imaginadas también como refugio de jubilación, ni de las casas del pueblo socialistas, que vivieron, como las otras, tiempos mejores. Quiero hablar de las fiestas de las capitales vascas y, de pasada, de las de los pueblos. Cuando regresé a Euskadi desde el exilio me llevé unas cuantas sorpresas, algunas políticas, otras sociales. Me sorprendió que hubiera tanta gente que nos quisiera tanto y que no lo hubiéramos notado antes. Me llamó la atención que ya nadie poteara con blanco al mediodía, que la gente bebiera a destajo aquel "champán" horrendo de botellín (benjamín) -costumbre desaparecida con la misma rapidez que se impuso-, y que muchos se fueran del pueblo en fiestas. En la Gernika que yo recordaba, en fiestas estaba allí todo el mundo, incluso los que vivían fuera. Y la fiesta lo abarcaba todo, y a todos, juntos. Me imagino que en los pueblos pequeños todavía es así, pero en los medianos y grandes, además de las capitales, como que no.

Odón Elorza, que es más vivo y adelantado que la media, ya ha dicho que hay que repensar las fiestas de San Sebastián. Natxo de Felipe, que se ha reivindicado con razón como uno de los inventores de las fiestas de Bilbao, estará de acuerdo conmigo en que lo que fue un hito en su día necesita una revisión urgente. En Iruña en Sanfermines, este año hubo menos gente, y hace tiempo que se percibió que la gente venía siendo otra: también aquí se deberían plantear cambios, con permiso de la Barcina. Gasteiz tiene un problema sin solución con sus toros, pero no es grave, porque son otras las verdaderas señas de identidad de sus fiestas. Gasteiz es conocida hoy en el mundo por su Baskonia, por su festival de Jazz y por su catedral en reconstrucción. No importa que las corridas no sean como las de antes ni que el Glorioso sea de segunda ni que la otra catedral no se acabe nunca: lo bueno de esta ciudad, iba a decir, es que casi nada sea como antes, si pensamos en un antes "preconciliar". Y de las fiestas de Baiona, que siempre fue medio vasca, que parece haberse quedado con lo peor de las otras capitales vascas, mejor no hablar, o mejor hablar para que cambien.

Tampoco me hagan mucho caso, que el raro debo ser yo, que me cuesta entrar en la fiesta decretada y litúrgica, y que abomino de desfiles y uniformes de todo tipo. Advierto sin embargo que hay gente más normal que comparte esta sensación mía de que algo hay que cambiar, que a lo mejor es tiempo de mirar hacia dentro, repensar conciertos, desfiles y "obras" de teatro, echarle un poco de imaginación, que es lo que hicieron en su día Nacho de Felipe y sus txominbarullos, y los Etxenike y los Añúa y las peñas irreverentes.



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José Félix Azurmendi
José Félix Azurmendi Badiola, periodista. Director de EiTB Internacional. La vida me he dado oportunidad de ser bastantes cosas, casi todas confesables. Viví diez fructíferos años en Caracas, que es donde empecé en esto. Si me leen, sabrán en seguida de mí: soy trasparente.
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