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Pangea
El continente de los Continentes
03.05.08
Hace unas semanas tuve ocasión de conocer de primera mano los campamentos de refugiados saharauis cercanos a Tinduf, en el sur de Argelia. Si bien en Euskal Herria hay una gran sensibilización para con este pueblo y su causa, la vivencia directa de su realidad cotidiana no deja de impresionar. Sinceramente, jamás pensé que tendría la posibilidad de vivir esta experiencia, tan diferente y profunda, que haría con que me replanteara muchas cuestiones no sólo sobre las relaciones internacionales sino – y lo que es más importante – sobre la vida, sobre los ideales... Fueron días intensos, llenos de vivencias que quisiera compartir con Ustedes. Comencemos, pues...

Con ocasión del viaje que el Frente Polisario organiza todos los años por estas fechas, partí en compañía de tres amigos – Nerea, Iñigo y Luisa – desde Bilbao. Primero volamos hasta Orán (Argelia), donde el avión se detuvo a repostar, y de ahí seguimos viaje hacia el sur. Llegamos al aeropuerto militar de Tinduf cuando todavía era de noche. Pronto nos subimos a autobuses que habían estado antes recorriendo la península (los había de Vigo, Barcelona...e incluso varios Bizkaibus) y que ahora nos llevaban por el desierto hacia los campamentos, previo control caminero de la policía argelina.

Al llegar a nuestra daira (Dora), perteneciente a la wilaya de El Aaiún, la luz del amanecer permitía ya entrever las construcciones de adobe y las jaimas, que parecían ser la continuación natural de la arena y las piedras del desierto. Finalmente llegamos a “nuestra casa”, donde la algarabía por nuestra llegada había revolucionado a toda la familia – Shelka (la madre), Duba, Ehmelli, Shisa, Shamama, Fatsu, Diana... – e incluso a los amigos – Naha, Brahim, Fali, Vada, Meshnevi...

El primer día fue largo. Con el pasar de las horas el calor se hacía cada vez más intenso y el cansancio del viaje se hacía notar. Acompañados por Duba, y algunos amigos suyos (y pronto nuestros también) salimos a hacer un “reconocimiento” de la daira.

Escuela de DoraTomamos el camino principal y nos dirigimos hacia la escuela. Pasamos al lado de unos pequeños corrales, hechos de alambre y cueros, donde dromedarios y cabras soportaban estoicamente el sol abrasador. Entramos a la escuela, accediendo directamente al patio. Las aulas se disponían alrededor de éste, en cuyo centro un mástil enseñaba al viento la bandera saharaui. Esta escuela tenía la misma disposición que mi escuela secundaria, el Normal Nº 1 de La Plata, Argentina... Ambas, centros para la educación de los niños, con la esperanza de que sea ésa la clave que les garantice un futuro mejor: dos realidades tan lejanas, pero al mismo tiempo tan cercanas...

Me impresionó especialmente la suciedad de las calles... Pilas, latas, plásticos, hierros...se mezclaban con el polvo y las piedras. Los chicos a menudo caminaban descalzos por sobre ese suelo... En la dureza de la Hamada, me sorprendí de encontrar un ambiente degradado por los restos de la ayuda humanitaria que no hacen más que acumularse por doquier.

Seguimos camino hacia uno de los depósitos de agua, encaramado sobre una loma. Desde allí, pese al reflejo del sol, se podía observar claramente el campamento y cómo sus límites se fundían con los del desierto. Una visión elocuente... No pude hacer más que pensar cómo la espera de este pueblo se funde con el tiempo y el olvido...

Vista de Dora
Vista de Dora, El Aaiún

Regresamos a casa hacia el atardecer. El Aaiún carece de electricidad. En las casas, como mucho, tienen alguna placa solar que con lo cargado por el día provee la energía suficiente para mantener encendida por la noche la luz mortecina de algunas lámparas fluorescentes. La vida entonces debe adecuarse necesariamente al ciclo de luz solar.

Regalo de melfasEn casa, una sorpresa nos esperaba: Shelka nos había traído de regalo una melfa a cada una de las chicas y una darráa a Iñigo. En la austeridad de su día a día, nuestros anfitriones nos homenajeaban con sus vestimentas típicas y nos recibían con una hospitalidad inusual. La música sonaba sin parar y daba cuenta de la alegría que provocaba nuestra visita.

Entre té y té exquisitamente elaborado, y pese a las dificultades impuestas por nuestro nulo conocimiento de hasanie y el poco conocimiento del castellano de varios de ellos, conversamos largamente con los de la casa, los amigos, los vecinos...

Al terminar el día, parecía que estábamos allí hacía tiempo... y apenas habíamos llegado. Aún nos quedaban muchos momentos por compartir y muchas cosas por aprender... Ya les seguiré contando.













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Maite Iturre

Datos sobre mí:

En pocos años, la vida me ha llevado por muchos lugares diferentes.

Brasilera de São Paulo, me crié entre la comunidad vasca de La Plata, Argentina, donde comencé a aprender euskera. Vine luego a Euskal Herria y me licencié en Cs. Políticas con el Primer Premio Nacional Fin de Carrera.

Actualmente, soy profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad del País Vasco.

El nombre de este blog hace referencia al único continente que existió en el Paleozoico y del que luego se desgajaron los actuales.

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