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09.06.08
Una de las cosas que suelen destacar aquellos que visitan Marruecos es la pléyade de antenas parabólicas que proliferan – a modo de champiñones – en los tejados a lo largo y ancho de la geografía marroquí. No exclusivo ni mucho menos del Reino Alauí, este hecho sería una suerte de común denominador en los “países en vías de desarrollo”, valiéndonos de la nomenclatura al uso hace ya algunos lustros. El precitado fenómeno cobra una especial amplitud en el denominado “mundo árabe y musulmán”, desde Kabul hasta Nouakchott pasando por Teherán o la franja de Gaza, sin excepción. Las causas de tal sobreabundancia de parabólicas son muchas y variadas. Durante los últimos años, al hilo del surgimiento del fenómeno Al Jazeera y de las evoluciones de Ousama Ben Laden, muchas de las teorías que tratan de justificar un tal exceso de parabólicas aluden a la necesidad de la “opinión pública árabe” de informarse a través de fuentes libres e independientes que escapen al control informativo ejercido por sus respectivos estados.

Sin descalificar ni mucho menos este argumento, no hay que desdeñar la influencia que ejercen otro tipo de factores como, por ejemplo, la pésima calidad y pobres contenidos de los canales de televisión autóctonos, así como el influjo y la seducción de lo foráneo en estas partes del mundo. Más allá de esa presunta adicción de “los árabes” por los canales de información en la lengua del Profeta, sondeos más concienzudos demuestran que la gente se vuelca mayormente hacia contenidos menos elevados y mucho más mundanos. Los programas estrella con el presentador carismático de turno, los últimos estrenos cinematográficos o los clásicos de toda la vida, las series de moda y los canales musicales, tanto orientales como occidentales, se llevan la palma. El fútbol, principalmente La Liga, el Calcio y la Premier Leage, cuentan por centenas de miles sus adeptos “árabes” y “musulmanes”.
Capítulo aparte merece el gran interés que muestran “los árabes” por los contenidos televisivos pornográficos, habida cuenta que en estos países las leyes, inspiradas todas ellas de la charia (ley islámica), son muy restrictivas en la materia. Conservadores en la esfera pública, estudios de diversa índole han demostrado que de puertas para adentro la realidad del “árabe” es otra. Algunos no dudan en aludir a “la esquizofrenia de las sociedades árabes”, atrapadas entre sus rígidas convenciones y el deseo de la gente de vivir sus pasiones con normalidad. Conscientes de estas pasiones y de las potencialidades del negocio del sexo, los empresarios tratan de explotar este filón, buscando nuevas maneras de burlar a la censura y la tele por satélite se ha convertido en un medio privilegiado. Un reciente informe afirma que sobre un total de 320 canales de televisión con sede en Europa cuyos propietarios son hombres de negocios “árabes”, 270 proponen programas pornográficos destinados precisamente a sus propios conciudadanos.
Por todos estos males a los que acabo de aludir, que los sufro al igual que el resto de mis convecinos marroquíes, así como para ver la ETB y la tele de mi país cuando me entra la morriña, además de a causa de mi profesión, que me obliga a seguir puntual y regularmente unos cuantos canales internacionales, en mi domicilio no falta una antena parabólica. Lo último de lo último, buena, bonita y muy barata por cierto. Con motor, orientable hacia más de una decena de satélites cómodamente desde mi sillón a través de un mando a distancia, hasta tres decodificadores diferentes me permiten dar varias vueltas al mundo en pocos minutos. Una vez a la semana, eso sí, viaje obligado a la joutia, algo así como la sección de electrónica de la medina de Rabat, donde previo pago de 20 dirhams (menos de dos euros), un maestro de la piratería televisiva, de esos que tanto abundan en Marruecos, reprograma y actualiza los códigos de mi decodificador para que, junto con los canales en abierto, también pueda acceder a cualquier televisión de pago del globo.
En medio de tal exuberancia televisiva, inexperto al principio, yo que estaba acostumbrado a los pocos canales que sintonizaba allende el estrecho, solía perder muchas horas ante mi televisor en interminables ejercicios de zapping sin rumbo ni sentido, enganchándome a todo tipo de programas sin una finalidad muy clara. Poco a poco, los miles de canales se fueron reduciendo a aquellos que con más regularidad ofrecían contenidos realmente de mi interés, lo cual seguía implicando una pérdida considerable de tiempo y esfuerzo. Con la veteranía y la experiencia es cuando uno se percata de lo inútil de estas incursiones en lo desconocido armado de varios mandos a distancia. A partir de aquí resolví poner varias guías de televisión en mí vida y desde entonces limito estas labores de búsqueda a un rato los domingos, el día en que estas suelen estar disponibles en los kioscos o incluso en el ciberespacio, en el que selecciono aquellos programas, documentales y filmes que veré durante la semana.
Fue así como un día descubrí, rebuscando en una de estas guías, en CBC, canal público canadiense en lengua inglesa, Little Mosque on the Prairie, una serie cuyo principal objetivo es el de romper, a través del humor, muchos de los estereotipos y prejuicios al encuentro de los musulmanes. En antena desde enero de 2007 e inspirada en La casa de la pradera, los mahometanos no son únicamente abordados desde un ángulo conflictivo, como suele ser habitual. Por otra parte, rompiendo con lo “religiosamente correcto” en Islam, se abordan cuestiones peliagudas como el extremismo islámico o el sexismo. La difusión de la primera temporada atrajo la atención de más de dos millones de telespectadores , sucediéndose un éxito similar durante la segunda campaña. De Canadá a Estados Unidos y de ahí a Francia, país donde la comunidad musulmana es muy importante y donde Canal Plus comenzó a emitir la primera entrega el pasado mes de agosto, registrando picos de audiencia considerables.
Mientras se ruedan los capítulos de la tercera temporada, los franceses pueden disfrutar desde el pasado mes de mayo de la segunda entrega de las peripecias de Rayyam, Yasir, Amaar, Layla, Baber y Fátima junto a sus vecinos Sarah, Fred, el reverendo Magee, Mayor Popowicz... Uno de los personajes más divertidos es el de Yasir, al que da vida el londinense Carlo Rota, casado con Sarah, quien se ha convertido al Islam por el amor que le profesa a su marido. Ella es el puente entre Oriente y Occidente. La pareja tiene una hija de 25 años, que es más devota a la religión que su madre, aunque mucho menos tradicional que su padre. Entretanto, la vida cotidiana del pueblo sigue con un reverendo que aprovecha la mínima para levantar sospechas contra sus vecinos musulmanes. Uno de los episodios se escriben alrededor del enfado de Sarah con su marido cuando descubre que su madre quiere prepararle un segundo matrimonio y él es incapaz de pararle los pies.
La serie creada por Zarqa Nawaz, británica de confesión musulmana y "muy practicante", como ella misma se define, transcurre en la pequeña localidad de Mercy, donde conviven los vecinos “cristianos” con una comunidad mahometana recientemente instalada, concretamente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. A pesar de los diferendos y de las crispaciones entre ambos colectivos, las dos comunidades llegan a admitir que tienen numerosos puntos en común y que padecen similares dificultades. En medio de problemas familiares y conflictos generacionales, la primera temporada de Little Mosque on the Prairie se centra en los esfuerzos de los musulmanes para fundar una mezquita es esta villa rural de mayoría protestante, donde las relaciones están impregnadas de una gran desconfianza y no pocos prejuicios al encuentro de los recién llegados. En el curso de la segunda temporada, la pequeña comunidad musulmana se embarca en un proyecto de construcción de un cementerio cuyas tumbas deben orientarse hacia la Meca, debiendo afrontar un problema de talla, a saber, que un edificio de muy diferente índole se sitúa justo enfrente de los terrenos del camposanto... Contra las ofuscaciones, mucho humor, pese a quien pese.
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David Alvarado
En alusión al título de este blog, Tamazgha es la denominación con la que el pueblo autóctono del norte de África, los beréberes, se refieren a su tierra. ‘Magreb’, la apelación más extendida, significa literalmente “occidente árabe”, aplicada en su momento por los descendientes de Mahoma venidos desde la Península Arábiga en contraposición al ‘Machreq’, el “oriente árabe”.
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