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17.01.08

Por Igor Fernámdez

“Podía haberlo hecho mucho mejor”. Ésta es una frase que estoy seguro no resulta extraña a ningún lector. Es clara y directa, casi como un eslogan publicitario. Y como éstos, una vez que lo oímos un número determinado de veces, se posa en la memoria para quedarse. Este tipo de pensamiento, que va hacia atrás, después de darnos cuenta de lo que hemos hecho –o no-, y de las posibilidades que existían en aquel momento, recibe el nombre de pensamiento contrafactual. Es un tipo de pensamiento por el cual imaginamos escenarios y resultados alternativos que podrían haber sucedido, pero que no sucedieron. No quiero parecer obvio, pero a cada paso, nuestras elecciones, nuestro proceso de toma de decisiones, por definición, implica dejar de lado opciones, posibles, pero que se desestiman en el momento en el que la decisión se vuelve impostergable. Siempre hay que renunciar.


Cuando estas decisiones tienen consecuencias perniciosas para nosotros mismos, comenzamos a evaluar qué hemos hecho mal, qué no ha funcionado, cómo cambiarlo para la próxima vez… Pero a veces, sólo a veces, una idea se escurre y se camufla entre todos los análisis para tratar de acertar la próxima vez: “podía haberlo hecho mucho mejor”. Este pensamiento ya no está dirigido hacia el futuro, ya no intenta buscar las claves de lo que no funcionó, ya no está centrado en la solución para la próxima. Sólo gira entorno a lo que, no sólo no hicimos, sino que no pudimos hacer. Cuando no acertamos, cuando hacemos la elección errónea, cotejamos la información de que disponemos, tenemos en cuenta lo que conocemos, desde la perspectiva del estado emocional en el que estamos. Es obvio, que tratamos, en todo momento de tomar la decisión correcta, a pesar de ser incapaces de hacerlo en algunas ocasiones. Siempre hacemos las cosas “lo mejor que podemos”, no “lo mejor posible”. Incluso aunque no nos esforcemos, el hecho de no poner todas nuestras energías, responde a una razón del momento, a estar necesitando prestar atención a otras cosas, o a carecer de la energía idónea.

Por esta razón, quizá la autoindulgencia, no sea una mala costumbre. Mejorar es necesario, flagelarse por lo que no pudimos hacer, es como una mecedora: entretiene, pero no lleva a ninguna parte.

¿Por qué nos cuesta tanto perdonarnos?




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